Hace falta mucho valor para cerrar una empresa, casi más que para crearla.
Cerrar un negocio es una decisión que puede tardar varios años en forjarse y ejecutarse.
Esto es debido a varios motivos emocionales, no exclusivamente económicos.
Y es que los vínculos emocionales de los empresarios con sus empresas, la percepción de validación personal y social, la negación a renunciar a expectativas y profundas convicciones, retrasan muchas veces una decisión que es inevitable.
Esto es más trágico aún en el contexto de pequeñas y medianas empresas familiares, donde existe una referencia muy presente de los socios fundadores. Voy a desgranar algunos de los condicionantes emocionales que dificultan el tomar la decisión de cerrar una empresa.

1. Existe una identificación tan fuerte en la relación del empresario con su empresa, como en una relación de pareja:
Durante muchos años, la relación ha funcionado. Sin embargo, como sucede en las parejas que atraviesan dificultades, las cosas en la empresa (“pareja”) empiezan a ir mal y, aunque se invierten todos los esfuerzos en poder remontar la crisis, a pesar del sacrificio, de la dedicación y del trabajo, sólo se ha ido sobreviviendo, sin lograr remontar las cifras de negocio (“remontar la relación de pareja”).
Admitir que hay que pensar en cerrar una empresa es tan complicado como comprobar que una relación ya no funciona, y supone un gran duelo que hay que ir asimilando poco a poco. Por poner un ejemplo, la crisis de la construcción e inmobiliaria del 2008 arrastró a multitud de pequeñas empresas asociadas a los oficios ligadas a este sector, como el de la fabricación de muebles, ventanas, fontanería, electricidad, azulejos, etc.…, que, tras años de feliz trayectoria, vieron truncadas sus expectativas de crecimiento, arrastrando a sus dirigentes a situaciones de ansiedad, estrés y en algunos casos, depresión.
2. La primera fase es la negación, pero luego la realidad se va imponiendo de forma implacable, suponiendo incluso un gran coste de salud para est@s empresari@s:
En la fase de negación de admitir que la empresa no va a tener futuro, confluyen tanto el dolor de contrastar las malas cifras de negocio, como la esperanza de una nueva estrategia para intentar salvar el barco. Esta es una peligrosa fase de agotamiento físico y mental, ya que la incertidumbre y el esfuerzo por alcanzar los resultados que se desean lograr, impiden la conciliación del sueño, aumentan el estrés y el cortisol, aumentan la adrenalina de la expectativa de remontar, para causar, posteriormente, una caída en picado por los malos resultados obtenidos. Es la desilusión de comprobar que es un amor imposible, por mucho esfuerzo que se invierta.
3. Por último, se ponen en jaque profundas creencias sobre el talento y capacidades personales.

En el proceso de decidir el cierre de una empresa, surgen preguntas y reflexiones que muchas veces, se quedan sin respuesta:
“¿Por qué antes tenía resultados y ahora no, si soy la misma persona talentosa?”
“¿En qué he fallado?”
“¿Qué va a opinar de mí?”
“¿Y si hubiera podido seguir un poquito más? A lo mejor tendría que esperar un poco…” “Siento vergüenza por no haber sabido continuar con el legado empresarial familiar.”
No encontrar una respuesta clara y coherente a estas preguntas provocan mucho miedo y estrés, ya que se pierde totalmente el control “del futuro”, generando dudas sobre la idoneidad de nuestra capacidad de tomar decisiones que conduzcan al éxito
empresarial.
Por estas razones, tomar la decisión de cerrar una empresa es cuestión de tomar el tiempo necesario de pasar por todas estas fases. Hacer un buen cierre emocional nos garantiza poder volver a comenzar otro proyecto sin culpa y con mucha más perspectiva a medio y largo plazo.
Los finales tienen mucha fuerza, una fuerza desconocida.
Si necesitas averiguar si debes tomar la decisión de cerrar tu negocio, o si ya la has tomado pero el proceso te está generando un exceso de estrés para hacerlo con solvencia, no dudes en ponerte en contacto conmigo.
