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Mis dos matrimonios.

Fecha: 8-3-2013 / 14:34

Nada de lo que escribo es inocente, todo es el resultado de haber vivido experiencias que me han obligado a hacerme muchas preguntas y reflexiones. El motivo de haber escrito la trilogía sobre la “Vinculación emocional a la pareja” es, en primer lugar, porque he vivido varias experiencias sobre la pareja, y la siguiente, porque este tema lo he estado viendo en profundidad con las constelaciones familiares, donde he hallado muchas respuestas.

A mi tampoco me ha resultado fácil entender mis fracasos sentimentales, mejor dicho, lo que yo consideraba “fracasos”. Ahora, con la distancia, puedo ver que aquéllas relaciones no podían funcionar. Estaban condenadas a muerte. Porque como todos, a la pareja he ido con lo aprendido en mi familia, con mis demandas de niña, con mis expectativas no realistas, con duelos por otras relaciones, en fin, lo que nos pasa a todos, ni más, ni menos.

Yo me he casado dos veces. La primera, en el 2002. Estaba realmente enamorada, tras 5 años de noviazgo, y alguna crisis de por medio. Mi primer esposo, del que guardo un profundo cariño y respeto, tuvo en “encargo emocional” de sacarme de casa. Mi madre no permitía la convivencia en pareja “en pecado”, ya que lo consideraba una humillación para mí, y para ella. En aquél entonces, no tenía recursos emocionales para romper con las imposiciones de mi madre. A mi novio y a mí nos hubiera encantado ir a vivir juntos, pero eso generó unas discusiones violentísimas entre mi madre y yo, que obviamente, yo trasladaba a la pareja. Al final, nos casamos. Fue una boda maravillosa; un día felicísimo para mí. Pero repleta de tensiones por ambas madres. Las continuas ingerencias de mi madre en mi matrimonio, de las que no me sabía defender, y las fuertes presiones de mi suegra, que eran iguales que las de mi madre, hundieron la convivencia. Es curioso, cuando se está ciego, no se puede ver nada. Yo le reprochaba a mi esposo la actitud de su madre, y no era capaz de ver la de la mía. Poco después de casarnos, a los 7 meses, mi madre debutó con un cáncer, un linfoma de baja intensidad. Si ella era muy demandante de mis atenciones, aquello subió de nivel. Yo estaba muy revuelta y preocupada. Con los meses, la situación se fue agravando, el diagnóstico empeorando severamente, lo cual me generó un gran trauma. Yo soportaba una gran tensión emocional, tensión que trasladé toda a mi marido, y aquello, un día, reventó. Y le pedí la separación.

Fue un duelo que no puede realizar enteramente, el de nuestra separación, porque mi madre empezó a empeorar muy gravemente en los meses siguientes, hasta que finalmente falleció. Se solaparon dos traumas: el de la separación, y el de la muerte de mi madre. Pero éste segundo ganaba en potencia, y estuve muchos años intentando encontrarme a mí misma. Fue el comienzo de mi intensa búsqueda espiritual. Lo pasé realmente muy mal, y casi no pensé en la carga emocional de mi divorcio, me parecía casi anecdótico al lado de lo que estaba viviendo. Pasaron cuatro años, en los cuales poco a poco, fui dando espacio a algunas relaciones, todas muy turbulentas, no podía ser menos. En el estado emocional en el que me encontraba, era difícil que nada cuajara. Mi búsqueda de mi misma me hacía pasar por diferentes estadíos y experiencias. Yo estaba extremadamente sensible, y también ávida por aprender de las personas que me fueron guiando por la senda del crecimiento personal. Estuve aprendiendo quien era yo, como conformar un nuevo sistema de emociones saludable, era como estar subida en una noria emocional. En el 2007, conocí a mi actual esposo, que curiosamente, se llama como el primero….

Por supuesto, después de aquélla primera boda, no quería volver a casarme nunca más, pero eso es otro capítulo de la historia que relataré en otro momento….


Tras unos años de convivencia, durante los cuales tuvimos miles de experiencias, entre otras, nuestro accidente de tráfico, y el nacimiento de Ginebra, decidimos casarnos. Fue una boda radicalmente distinta a la primera. La primera fue fastuosa, tradicional, clásica. La segunda, fue muy íntima (34 personas), y como somos unos enamorados del mundo clásico (Roma y Grecia Antigua), nos casamos al más puro estilo romano. Pero esto también forma parte de otro capítulo…

Lo que yo sentí al día siguiente de mi segunda boda fue, durante estos años en los que en todos los documentos oficiales figuraba como “divorciada”, lo mucho que me había pesado ese apelativo. Es muy denigrante, al menos para mí. La sociedad te condena y no te permite volver a ser “soltera”. Es como haber cometido una infracción, la de “haber tenido un matrimonio fallido”, el cual te recuerdan en todos los papeles si no cambia tu situación civil.

Realmente, pude hacerme el duelo de la primera separación a partir de mi segundo matrimonio. Pasé días tristes, sentí la ruptura profunda que había sufrido, las expectativas rotas, los recuerdos hermosos de ese noviazgo, los recuerdos maravillosos de la boda, y mis errores.  Antes no había podido conectar con todo eso, porque el dolor que sentí cuando falleció mi madre fue tan demoledor, que no permitía otros.  Fue como cuando tuve el accidente, que el dolor de costillas me impedía sentir las contracciones del parto. Con el tiempo, con mi formación como Consteladora, y con el aprendizaje que he venido haciendo sobre el mundo de las emociones y de la pareja, he podido colocar ese duelo en su sitio. Pero sinceramente, he de confesar que me ha constado muchísimo cerrar esas etapas de mi vida.


Y ese es uno de los motivos principales por el cual he redactado esta trilogía. Nada es casualidad….