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Experiencia transgeneracional

Fecha: 2-9-2013 / 12:54

Estoy algo inquieta.

Mañana, mi hija Ginebra, empieza, por fin, su nuevo curso escolar en el Lycée Français de Madrid. No estoy preocupada por su adaptación, que se me antoja estupenda, si no por todo lo que se me ha movido con esto. Hace 24 años, crucé por última vez la puerta de una institución que ha representado mucho para mí, en mi enseñanza, en mis valores, y en mi aprendizaje personal.

No fue nada fácil adaptarme a este colegio gigantesco, de más de 4.000 alumnos. En mi antiguo colegio, éramos apenas una decena de alumnos por clase, en un chalecito acogedor. Esto era una mole inmensa, me recordaba a los edificios estalinistas rusos, con multitud de aulas en varios pisos, a las que teníamos que acudir según las asignaturas. Las confusiones al principio eran continuas, procuraba siempre no perder de vista a mis compañeros para no ser la rezagada. Me puso las pilas, porque soy una persona con muy mal sentido de la orientación. Hacer amigos, al principio, tampoco fue fácil. Ellos ya se conocían de otros cursos, y además, a los 13 años, la “edad del pavo”, donde todo el mundo busca un líder para identificarse, el ambiente era muy muy sectario. De nuevo, me puso las pilas. Aprendí a probar varios grupos, a atreverme a acercarme a la gente, y si bien tuve algunas experiencias muy duras con la crueldad pre-adolescente de las féminas, encontré mi sitio y mi lugar con personas con las que hoy guardo una estrechísima relación, como mi amiga María (Patata), madre de una niña que mi hija adora.


Recuerdo también, con especial cariño, a la médico del colegio. Cuando debuté con diabetes, ella me acogía en la enfermería con un cariño infinito, y me daba un espacio íntimo, confortable, y acogedor para hacerme mis controles de glucosa, y pincharme.


Se me agolpan multitud de recuerdos de todos los colores: los más amargos, con una gran sonrisa, porque agudizaron mi ingenio, mi descaro, y mis ganas de defender a capa y espada mi personalidad. Los más dulces, porque conseguí mi espacio, mis amigas, y momentos de gran calidad. Y una disciplina y estructura que me ayudó muchísimo a sacar adelante mis estudios universitarios.


He tardado tres años en poder conseguir la inscripción de mi hija en este colegio. Al volver a ver todas las instalaciones, me ha dado un pellizco el corazón, y eso que este año he pasado por allí un par de veces ya. Ayer, repasando el trayecto al Liceo en coche, se me resbalaban las lágrimas por las mejillas, de emoción, y de ver como evoluciona la vida. Al terminar mis estudios, era una adolescente más, de 18 años, abierta a las experiencias de descubrir el mundo, y con el deseo íntimo de poder ser una persona feliz, con una familia, unos hijos, un futuro profesional, a largo plazo.

Ese largo plazo, ha pasado. Intenso, inmenso.

Esa niña de 18 años vuelve ahora como una mamá que desea darle a su hija todo lo mejor. Esta experiencia me hace sentir de manera especial el sentido transgeneracional de las emociones, y de las lealtades (la mía, a la cultura francesa, que dio de comer a mis padres, y a mi). Soy consciente de que Ginebra, mañana, iniciará una nueva etapa con toda mi carga emocional, y que de alguna manera, le estoy pidiendo que triunfe… Por eso me palpita tanto el corazón.