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Mi cuento de la Madrastra.

Fecha: 5-1-2014 / 13:51

El papel de la madrastra ha sido siempre visto con bastante recelo. En ningún cuento infantil tradicional, la madrastra es un personaje bondadoso, más bien al contrario: suele ser cruel, sin escrúpulos, y malvado. La programación que sufrimos desde la infancia es terrorífica, y esas imágenes en el inconsciente perduran, aunque no nos lo creamos, hasta que de adultos, si las circunstancias hacen que nosotros nos separemos de nuestras parejas, o enviudemos, y formemos otras, entendamos de otra manera el cuento. (Ver artículo: “Ley del Orden y de la Prevalencia en Constelaciones Familiares”).


Yo quiero reescribir el cuento con las madrastras: “Érase una vez, una hermosa y joven mujer, llena de valor, que se enamoró de un Rey viudo. Este Rey tenía dos hijos, un chico y una chica. El Príncipe era muy contenido y discreto, pero su hermana, la Princesa, era una mujer muy pasional. Cuando su pasión le jugaba malas pasadas, podía convertirse en alguien totalmente irracional, y aunque era una muy buena persona, se transformaba en una perpetradora cruel. (Ver artículo: “Víctima, perpetrador, y salvador. Los roles que adoptamos en la vida.”). La Princesa le hizo toda clase de putadas a su padre el Rey, y no digamos a su nueva esposa. Sentía mucha rabia, dolor, e impotencia por adaptarse a una nueva situación emocional y familiar que le venía muy grande.. El Rey estaba desesperado, pero su joven esposa, llena de sabiduría y tesón, se armó de paciencia. Era una mujer con un amor sin límites, y podía comprender y sostener el dolor de esa pequeña bestia en la que se había convertido la Princesa. Era muy complicado para aquélla pareja poder hace una vida nueva con esta situación, realmente lo pudieron hacer porque se amaban de verdad. Gracias a Dios, la Princesa, que como ya he dicho antes, no era del todo mala persona, ni tampoco tonta, encontró a otras que le enseñaron a entender el dolor, a través de la terapia personal,  y a medida que se iba encontrando mejor gracias a su crecimiento emocional, se daba cuenta de lo ridícula, y mala persona que había podido llegar a ser. Llena de arrepentimiento y vergüenza, solicitó audiencia a su Madrastra, la Reina, quien la recibió con los brazos abiertos, llenos de ternura y comprensión. A partir de ese día, la Princesita Enfadada fue enteramente dichosa, porque pudo disfrutar de lleno de una nueva felicidad familiar, y además gozó de todos los privilegios de volver a sentir el calor de una madre, de ser colmada de atenciones y regalos, y de tener un apoyo incondicional para el resto de sus días.


Y colorín colorado, este cuento se ha acabado".


Para ti, Ana, con todo mi amor. Nunca le contaré a mi hija esos cuentos pútridos y pesebriles de madrastras asquerosas. Le contaré nuestro cuento, el que es de verdad, que es todo un ejemplo de amor por tu parte, y que ha constituído una de las lecciones magistrales que me ha dado la vida.