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Sacar el dolor.

Fecha: 16-11-2013 / 19:20

Hace un par de días, fui a realizar una gestión ante un organismo público. La primera persona que me atendió lo hizo de manera muy amable, pero tuve que realizar una segunda gestión, y el señor de la ventanilla resultó ser un personaje grosero y desagradable, que me recriminó severamente no saber rellenar una casilla. Estupefacta, le recriminé a mi vez su falta de profesionalidad y educación. Ante la bronca, acudió en mi ayuda la persona que me había atendido por primera vez. Mi cabreo era monumental, y de repente, estallé en sollozos, y me puse a llorar muy amargamente. La pobre señorita no sabía qué hacer para consolarme y ayudarme. Pude terminar de rellenar el formulario, y por supuesto, interpuse una reclamación escrita contra el señor que me había tratado de esa manera. Por cierto, me enteré que estaba a punto de jubilarse, y que sus compañeros habían padecido sus malas pulgas durante mucho tiempo.


Al salir a la calle, me puse a caminar, porque me pesaba enormemente el corazón. Seguía teniendo ganas de llorar. Me daba cuenta de que algo me tenía que estar pasando, porque esa situación no era normal. Empecé a repasar mentalmente mi día desde que me había levantado, y di con la clave. Esa mañana, mientras le lavaba los dientes a mi hija Ginebra, me preguntó: “¿mamá, tengo esto hinchado?” señalándose la mejilla derecha. Mi hija tiene desde su nacimiento esta mejilla más gordita que la otra, de manera que parece que tiene un flemoncito. Esto tendrá su corrección en un futuro, pero de momento, no queremos intervenir. Esa pregunta sabíamos su padre y yo que algún día tendría que llegar, porque los niños, a medida que crecen, empiezan a hacer diferenciaciones. Pero me pilló totalmente de sorpresa. Se me subió el estómago a la garganta. No supe ni qué decirle, seguramente, le solté una gilipollez. La abracé muy fuerte, y seguimos con la rutina de su aseo personal para ir al cole. Y yo con la de realizar algunas gestiones. Salí de casa con el estómago revuelto, pero tenía tantas cosas que hacer que no reparé mucho en ello; todo era muy urgente y complicado, y no disponía de demasiado tiempo para realizar todo lo que necesitaba hacer.


Así que ese revoltijo, ese susto, ese impacto que me causó que Ginebra iba a tener que afrontar preguntas de sus amiguitos que me aterrorizaban, por si le podían hacer a ella sentir mal, me lo llevé a la ventanilla del Señor Enfadado, sin ser consciente que estaba deseando salir a la luz.


Esa mañana me di cuenta de varias cosas:
lo primero, que gracias a esta persona, he podido afrontar algo que tenía oculto. Pude SACAR MI DOLOR. Si no me llega a chillar, ni lloro, ni me doy cuenta de esto tan rápidamente. Así que desde el fondo de mi corazón, gracias por esa parte (la otra de su mal humor se lo tiene que trabajar él). Y lo segundo, que tengo un miedo tremendo a que mi hija pueda sentirse mal por lo que le digan, o por su físico (casi todos hemos tenido complejos de algo…). Esta cuestión no la tengo nada resuelta, a pesar de que tenía la impresión de lo contrario, y tengo por delante un gran trabajo que hacerme, os lo aseguro. Pero estoy contenta porque lo he descubierto.


Mientras escribo estas líneas, Ginebra está dibujando y canturreando a mi lado, tranquila. Ella está en paz consigo misma.