Logo Pitia

Constelaciones Sistémicas
Coaching en Diabetes
Reiki
Tarot







Mi historia con los Antonios.

Fecha: 23-11-2015 / 15:00

Siempre me he preguntado por qué los hombres más representativos de mi vida sentimental se llamaban y llaman, Antonio: mi primer novio, mi primer marido, mi segundo marido…. Yo solía decir: “¡me persiguen los Antonios!”… Ningún varón en mi familia, ni mi padre, se llaman así. Ha sido una pregunta constante, nada es casualidad, y esto tampoco podía serlo…


Hace un par de días obtuve la respuesta. En realidad, la respuesta la he tenido siempre, pero no podía relacionarlo. Vino mi padre a comer a casa, como muchos días. Le pedí que me contara anécdotas de su vida, de la familia… es mi tema de conversación favorito, porque ahí se encuentran las respuestas a muchas cuestiones y patrones emocionales que nos incumben en el presente… Y también observo desde qué lugar del corazón habla mi padre, si se emociona, si se ríe, si se entristece… Me desdoblo en estas visitas: por un lado, por supuesto soy la hija, y por otro, escucho con oídos de terapeuta, como si mi padre no fuera mi padre. Me imagino que es una persona que acude a mí para volcar su historia. Me divierte este ejercicio, pero por supuesto, tengo muy claro que donde estoy siempre es en mi lugar de hija primogénita, y nunca jamás se me ocurre darle un consejo. Una opinión, como mucho, y si me la pide. El es el grande, y yo la pequeña.


Estábamos ya en el postre. Mi padre se encendió su cigarrito. Aspiró una bocanada profunda, dejándola escapar suavemente de su pecho. Una vez más, me volvía a contar como había conocido a mi madre. Esta historia me la ha contado muchísimas veces. “Pues a mamá la conocí en una sala de fiestas. Tocaban los Shadows (importante grupo musical de la época). Mamá estaba sentada en una mesa, con una amiga. Yo iba con mi amigo Antonio y me dijo: para mí la rubia, para ti la morena….”.


Con la mirada fija en algún punto frente a él, exclamó, con una pena, un sentimiento, una nostalgia profundas…”¡Ay, mi pobre Antonio!”, llevándose la mano a la frente, como para sujetarse la cabeza. Yo solté el tenedor, me quedé helada. Se me paró el corazón.


Antonio Pacios, su amigo del Alma, su compañero de facultad, su hermano, su alma gemela, su compañero, su confidente, su alter ego. Esto que narro aquí, lo he oído desde mi más tierna infancia, tanto por boca de mi madre, como por boca de mi padre. Mis padres habían emigrado a Bélgica, donde mi padre, Juan Victorio,  era lector de español en la Universidad de Bruselas. Nació mi hermano pequeño, Rodrigo, y mi padre llamó a España, a casa de Antonio, que vivía con sus padres, no solo para contarle la feliz noticia, si no para comunicarle que deseaba hacerle padrino de mi hermano. Fue la llamada más amarga de mi padre. Descolgó el teléfono su madre, y le contó que pocos días antes, su amigo Antonio había fallecido en un accidente de moto.


Mi padre se derrumbó durante días. Me contaba mi madre que mi padre sufrió muchísimo, incluso tenía pesadillas, y se despertaba llorando. Le costó una enormidad poder remontar aquélla experiencia, superar esa tragedia.


Esa es la historia de mi padre con Antonio, y también la mía. Me hice cargo, de manera inconsciente, de su duelo. Su trauma, lo hice mío, y ha pervivido hasta hoy. Me conmovió su tristeza, su dolor me abdujo, porque mi padre me ha contado infinidad de anécdotas de Antonio y él, pero nunca antes había relacionado los hechos, hasta hace un par de días, en esa comida. Me hice leal, sin saberlo, y quise, a través de mis parejas, devolverle al Amigo. “Papá, lo hago por ti”


Soy tan leal a mi padre, que mi marido, también es filólogo hispánico, como él; hemos creado una editorial digital (EUPHONIA EDICIONS) y publico los libros de mi padre. Sin embargo, esto ha constituido una tremenda sorpresa para mí. Yo misma me sorprendo de mi manera de ser, y recuerdo a esa niña pequeña escuchando a su papá hablar de su mejor amigo con alegría, amor y también con una tristeza infinita, mientras dibujábamos en el salón. Me imagino como luego, por la noche, esa niña pequeña, yo, me iba a la cama con esa historia en la cabeza, sobrecogida por tanta pena. Y ahora entiendo también la razón por la cual desde hace tan solo diez años, conservo a mis mejores amigas. Para mí fue una constante perderlas. Mi primera mejor amiga, Mercedes, murió de leucemia con 9 años. Mi inconsciente ha ido buscando experiencias similares a las de mi padre: “lo hago por ti, papá”, para sentirme más cerca de él, también en la pena.


De nuevo se ha abierto un profundo proceso interior acerca de las lealtades inconscientes que puedo estar desarrollando, se me ha removido mucha historia personal. Y me doy cuenta de lo que soy capaz de hacer por mi padre. Por mis padres. Y me hago, una vez más, tremendamente consciente de lo que mi hija Ginebra puede estar haciendo por mi.