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Cartas a mi madre.

Fecha: 15-3-2018 / 12:51

 Uno de esos domingo que viene mi padre a comer a casa, me trajo triunfante un regalo. "Te he traído las cartas que le escribiste a mamá. Supuse que te gustaría leerlas...".  Se me heló el corazón, primero, por lo inesperado, segundo, por lo peligroso de revivir emociones intensas, tercero, por el detallazo de mi padre.

Busqué el momento de leerlas, tardé algunos días en decidirme, y en buscar el momento adecuado, porque sabía lo que se me venía encima, y quería prepararme. No quería quedarme hecha polvo. A pesar de que ya tengo experiencia, por los años, por los conocimientos adquiridos, por la evolución de mi persona, la posibilidad de quedarme jodida era muy grande.

Y ese momento llegó, esta misma mañana. Así, me levanté, cumplí con mis deberes maternales, y al entrar en casa, cogí al vuelo el fajo de cartas que estaban en la repisa, y sin más preámbulos, casi sin quitarme el abrigo, las he ido abriendo, una a una. Las ostias, mejor sin pensarlas. Las únicas precauciones que he tomado han sido la de asegurarme de no tener trabajo durante el día, y no tener que ocuparme de manera intensiva de mi hija esta tarde.

Estoy realmente muy, muy, muy triste, y tal como preveía, jodida. En esas cartas se lee un amor imposible de describir, supongo que el que muchos de vosotros sentís igual. También hay cartas de enfado, que yo escribía tras una pelea, y dada la imposibilidad de diálogo, se las dejaba a mi madre encima de la cama, para que las leyeras al regresar del trabajo, mientras yo llegaba de la Universidad (entonces no había wassap, gracias a Dios. Así no seguíamos con la bronca durante el resto del día, y me he podido quedar con el recuerdo de estas cartas). Hay cartas de agradecimientos, cartas que se entregaban con un regalo, cartas de una hija que se quiere parecer a su madre.

Son las cartas de amor más bonitas que he leído en mi vida, aunque ahora hay otras cartas, pequeñas notas, que me escribe mi hija Ginebra de nueve años, que nada le tienen que envidiar.

Bert Hellinger dice que los hijos morimos por los padres. Si alguna vez le habéis escrito cartas a los vuestros, veréis ese amor incondicional, que también se refleja a través del enfado, porque el enfado con los padres es el que más hace sufrir. Es el amor sin el cual los hijos no podemos volar libres, porque nos pesa el alma, y nos pesa la vida.

Aunque ahora mismo no me encuentre bien, porque tengo una angustia tremenda en el corazón, de tristeza y de alegría mezcladas, puedo afirmar que estas cartas me han hecho mucho bien. Me he acordado de cosas olvidadas, y sobre todo mamá, he vencido el terror que tenía entonces a no ser tan perfecta como tú. En realidad, sí lo soy, pero distinta, porque llevo una mezcla de papá.

Y además, he tomado buena nota de algo: de leer con mucho más cuidado, amor, mimo, y atención las notas de tu nieta, mamá. Porque veo como me mira y me ama, y como te quiere a tí, que a pesar de no haberte conocido, no para de mencionarte, porque estás siempre en nuestras conversaciones, y percibe la relación que tuvimos tú y yo. A veces con un poco de miedo me pregunta si te quiero más a tí, que a ella, y me da miedo que se sienta insegura. Así que para que pueda comprenderlo, le explico que cuando ella tenga a sus hijos, entenderá que nuestro amor (el de ella y el mio), es infinito, eterno, inmortal, y que por sus hijos sentirá lo mismo que yo por ella.

Hacía mucho que no te escribía, mamá, no porque no quisisera, si no porque en parte, me daba un poco de miedo sacar este torrente emocional y no saber contenerlo, pero todo llega cuando tiene que llegar. Da muchos recuerdos por el Cielo, ya sabes que por aquí, nos vamos defendiendo bastante bien.