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Una pareja de espaldas cogida de la mano, viendo un atardecer,mirando con esperanza al futuro.




VINCULACIÓN EMOCIONAL A LA PAREJA. LOS HIJOS. 3ª PARTE.

Fecha: 6-3-2013
Categoría: Crecimiento personal

Cuando se ha formado una pareja, y llegan los hijos, vuelven a cambiar radicalmente las relaciones entre los distintos miembros del núcleo familiar. Todos tenemos esa visión bucólica y romántica de que la llegada de un bebé refuerza el vínculo de la pareja (ver “Vinculación emocional a la pareja 1ª parte” y “Vinculación emocional a la pareja 2ª parte”), y esto, por desgracia, no siempre es así. La llegada de un bebé suele agudizar los conflictos de pareja.

En los dos capítulos anteriores mostré las dinámicas más frecuentes que ocurren en la pareja. Cuando llega un hijo, esas dinámicas se hacen mucho más visibles, porque el bebé desplaza siempre el orden de prioridades en un hogar. Toda la atención de la madre se focaliza en la crianza, y el padre, que antes ocupaba el primer lugar, pasa a un delicado segundo plano. Todas las atenciones son para el recién llegado, los cuidados, la estrategia familiar gira en torno a él. La mujer ya no está “tan” disponible para compartir actividades con su marido. Está más cansada, más ocupada, más estresada, más sensible, con las hormonas colocadas en otro sitio, con los miedos de madre (nuevos, por cierto, y particulares a esta nueva condición) a flor de piel, y con su propio proceso funcionando de forma consciente o inconsciente con la relación con su propia madre. Las relaciones familiares con la familia del cónyuge y con la propia, se intensifican, disparándose, si existen previamente, las diferencias: “ tu madre no deja de llamar, no hace más que decirme como cuidar al niño”; ”me ha traído un pijama horroroso”; ”no deja al niño dormir en la cuna, siempre lo toma en brazos”. Los consejos de los abuelos de una y otra parte sobre los papás, tensionan la relación de pareja.

Por otro lado, los problemas con nuestra pareja se pueden incrementar, porque existe un motivo más de discusión sobre todo lo que rodea al bebé y su educación. Por lo general, las madres tomamos las riendas de cómo hay que hacer las cosas con los niños, dando poco espacio al padre, y si el padre quiere involucrarse directamente en aquéllos cuidados reservados por tradición a la mujer, se va a enfrentar con críticas del tipo “ya duermo yo al niño”; “no le pongas así el pañal”; “¿no ves que no le has tapado lo suficiente?”, etc…, y eso le va a hacer sentir mal. Si además ya le hemos relegado al segundo puesto, cosa que no debe suceder nunca, pero ocurre casi siempre, estamos poniendo en serio peligro la relación sentimental.

Si la pareja no tenía una buena relación previa, o una relación conflictiva, los hijos pasan a ser moneda de manipulación entre ellos, y sé que esto puede levantar ampollas, pero es así. Las mamás empiezan a meter al niño en la cama para dormir….¿quien se va de la cama conyugal?.. El padre. Si la mamá da pecho y no tiene ganas de hablar con el papá, ¿a quien pone como excusa para no estar disponible? Al bebé. Si alguno de los padres no se encuentra bien emocionalmente con el otro, volcará en el hijo o la hija todos los afectos que le hubiera gustado recibir de la pareja, convirtiendo a los hijos en pequeños “esposos” o “esposas”… lo cual carga de una responsabilidad que no les corresponde a los hijos que se ven con el “encargo emocional” de sostener lo que los adultos no pueden o no saben; de ahí los futuros niños y niñas de papá y mamá, que tendrán serias dificultades emocionales para tener una pareja estable en la edad adulta.

No solo sucede que utilizamos a los hijos para volcar nuestras carencias y necesidades emocionales, sino que muchas veces, no les damos permiso para que se parezcan a su padre o a su madre. “Hijo, haces esto igual (de mal) que tu padre”. “Hija, tienes las mismas (feas) manías que tu madre”, o cualquier otro reproche similar. Nos olvidamos de que esos niños son el resultado genético de la unión de dos personas, y que culpabilizamos, y avergonzamos a una de las mitades del niño, les dividimos. Ese niño sentirá una ruptura dentro de sí mismo si se parece a su padre o a su madre. Los niños quieren ser queridos por ambos padres. Por lealtad al padre o a la madre, intentará seguir los deseos de uno u otro, pero esto le causará una gran división emocional que le traerá consecuencias muy graves, y de hecho, desarrollará lealtades inconscientes hacia el progenitor al que no le está permitido amar PORQUE UN HIJO SIEMPRE NECESITA IDENTIFICARSE CON AMBOS PADRES, SEAN COMO SEAN, ya que son los suyos.

Muchos niños que no estudian, que son rebeldes, que hacen gamberradas, que se hacen pis en la cama, están mostrando claramente los trastornos que existen entre sus padres. Rápidamente reprochamos a los niños actitudes QUE SOMATIZAN POR NUESTRO PROPIO COMPORTAMIENTO. Los hijos SIEMPRE MIRAN HACIA DONDE MIRAN LOS PADRES, Y MUESTRAN LO QUE EXISTE ENTRE ELLOS.

Por eso es tan importante que nos centremos, como adultos, en nuestras emociones. Tenemos que someternos a vigilancia constantemente, y cuando existen hijos, es muy fácil detectar que estamos mal, porque los niños rápidamente muestran comportamientos extraños o rebeldes. Lo primero que tenemos que hacer cuando llega un niño al hogar es respetar el orden de llegada, es decir, si dejamos al padre en segundo lugar, y al último en llegar, le damos el primer puesto, estamos creando UN GRAN DESORDEN EN EL SISTEMA FAMILIAR.

En primer lugar, SIEMPRE ESTA LA PAREJA, y el respeto por ella se tiene que mostrar de por vida para garantizar un desarrollo físico y emocional sano en los hijos. Luego hay que dar el lugar a los hijos, para que la familia pueda funcionar con armonía. He oído a muchas madres decir que querían más a sus hijos que a sus parejas. Y ese es el origen de sus grandes desavenencias y desordenes del hogar. Si primero no se quiere a la persona que facilitó la llegada de esos hijos al mundo, si no se la respeta y da el reconocimiento que se merece, se producirán fracasos matrimoniales y desórdenes en los niños.

En segundo lugar, NO REPROCHAR JAMAS A LOS HIJOS QUE SE PARECEN A LOS PADRES. No olvidemos que la responsabilidad de haber elegido al padre o madre de nuestros hijos ha sido nuestra, y el padre o la madre ya eran así antes de que ellos llegaran (es una utopía creer lo contrario). Por lo tanto, nuestros hijos tendrán rasgos parecidos a sus progenitores, y no aceptar esos rasgos es una actitud peligrosa para el correcto crecimiento emocional de nuestros hijos, y para nosotros mismos, por negar nuestra parte de responsabilidad en nuestros actos.

Debemos hacernos responsables siempre de nosotros mismos y de nuestras decisiones, y  culpabilizar a otras personas de nuestras desgracias es la actitud más fácil para eludir nuestra sombra y tener siempre inmaculada nuestra inocencia. Esto jamás conducirá a tener relaciones sanas, porque no la tenemos ni con nosotros mismos. La mejor receta para alcanzar la estabilidad es ASUMIR SIEMPRE, NUESTRO 50% DE RESPONSABILIDAD CON LA PAREJA, y jamás convertirla en nuestra agresora o enemiga, pues la elegimos nosotros.



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